Vidas paralelas
En una ciudad mediana, vive la familia M. Es una familia normal, con dos sueldos, dos hijos, dos casas y dos hipotecas. También tienen una perra llamada Flecha. Los padres se la compraron al irse a vivir juntos y ha resistido a 15 vacaciones y a todos los consejos familiares sobre la peligrosidad de los perros con los niños pequeños. Pero Flecha se ha hecho mayor. Desde hace meses, no ronda la mesa para que le den las sobras y hay que obligarla a bajar a la calle. Lo peor de todo es que empieza a no poder esperar a que los chicos vengan del colegio y deja manchas amarillas en el pasillo que enfadan mucho al padre. Su veterinario les ha dicho que tiene varios achaques se irán agravando; el peor de todos, un bulto en la barriga cerca de las mamas. El domingo, cuando volvieron de comer fuera de casa, la encontraron revolcándose bocarriba en el pasillo. En la clínica de guardia, les dijeron que Flecha ya había comenzado los últimos días y que lo único que le quedaba era sufrir. El padre preguntó por el precio del fin del sufrimiento y le pareció que era muy caro. Puede ir a la perrera, le dijeron. Y allí fue.
En la misma ciudad, aunque en una casa baja situada en las afueras, vive V, que no es una persona normal. Trabaja media jornada y ocupa el resto del día en cuidar de los 17 perros que tiene en casa. Sólo dos son suyos; al resto los ha sacado de la perrera antes del último día y les busca una casa a través de Internet. Gracias a la Red, ha conocido a mucha gente que le ayuda a buscar adoptantes, a encontrar otras casas de acogida y con el dinero, que siempre le falta. Hoy lunes, después de enviar un perro a Madrid, acude a la perrera para llevarse otro a su casa. Tiene en la cabeza un podenco con una pata herida que vio hace unos días, pero cuando ve a Flecha revolcándose bocarriba, cambia de idea y se lleva a los dos. Pasa por el veterinario, que cura la pata al podenco y le confirma que a Flecha le queda muy poco. "Lo mejor para ella es acabar cuanto antes", dice el veterinario. "En casa", le dice V, "calentita". "No debería", dice el veterinario.
Por la noche, V da de comer a todos los perros, menos a Flecha, a la que ha echado en una cesta al lado de su cama. Se sienta junto a ella y le da un plato de carne picada con un calmante. Mientras Flecha lo come con desgana, V prepara la inyección. Se la pone antes de subirla a la cama. La abraza. Flecha se acurruca y, antes de dormirse, piensa en quién cuidará ahora de la familia M.
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Texto de Jorge Dioni López. Periodista
Extraído de diariometro.es Publicado el 20 de abril de 2007
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