Amparo: el porqué de ser voluntaria

 

Voluntaria, ¿por qué?

 

Soy voluntaria en la SPAG desde hace sólo dos años y medio. A mi me parece más tiempo, como si hubiese estado aquí toda la vida. Aquí he encontrado unidas cosas que me gustan: los animales, el trabajo solidario. Y un grupo de gente estupenda.

Tengo ya 40 años y dos hijos adolescentes (que también vienen de voluntarios de vez en cuando). También tengo 3 perros, dos gatos, una tortuga…

Hace ya muchos años que venía pensando en hacerme voluntaria de una protectora. Tengo un perro recogido de la calle, apaleado, maltratado por niños y otros perros a los que sus dueños les ríen la gracia de perseguir a un pobre animalito sin dueño. La crueldad sin motivo parece que divierte a cierto tipo de gente. Quizá fue eso lo que me motivó aún más. Pero lo fui dejando pasar.

Cuando mi padre murió me di cuenta de que la vida pasa y que no hay que dejar para mañana lo que quieres hacer porque quizá no haya un mañana. La vida tenemos que aprovecharla todos los días. Como si fueran el último. Y para mi eso no significa irme de fiesta loca, no. Para mi es el venir al refugio y ayudar y dar cariño a estos animales que no se merecen el estar aquí. Me cargo las pilas con sus sonrisas.

Cuando una perrita que huye de la gente al fin te deja que la acaricies y un día, cuando ve que vas hacia ella, ves que mueve despacito la cola, como temiendo que no sea verdad el que tú vas a ir a decirle “guapa” (aunque su aspecto delate los días de vivir en la calle pariendo camadas cada año), para mí es como si me tocase la lotería. Para mi es guapísima (Candela, te quiero).

Me gustan los animales, especialmente los perros, lo reconozco. ¿Por qué? Porque ellos son como son: alegres o tristes, cariñosos o distantes. Pero no son hipócritas. Ellos no te mienten. Si te gruñen es que se han enfadado y si te mueven la cola es que están contentos. Nunca te moverán la cola y luego te morderán, que es lo que hace muchísima gente: sonreírte antes de clavarte el puñal. Creo que deberíamos aprender humanidad de los animales.

Ellos no han escogido el ser abandonados o maltratados. La gente pega a sus perros como algo habitual, es la costumbre de enseñar a palos. “Si se mea, frótale el hocico en su orina” ¿Acaso haríamos eso con un niño pequeño? Claro que no, sería una crueldad. Pero con los pobres perros si, claro. Y con los gatos, lo mismo. Si rascan una cortina, córtale los dedos. La lógica del neandertal.

Los perros son al hombre lo que el hombre es a Dios. Dicen que Dios nos creó a su imagen, que nos hizo como le salió de las barbas, por no decir de otro sitio. Pues bien, el perro como tal (canis familiaris) no existía en la naturaleza. Es un invento del hombre y su “ingeniería genética básica”. Se coge un lobo y se le cruza hasta obtener lo que queremos. Y luego nos quejamos del resultado.

Tenemos una deuda con ellos, son nuestra creación, nuestros “hijos”. Ellos nos idolatran como a sus dioses, nos miran con adoración, nos siguen hasta el fin del mundo, o hasta una carretera donde los dejamos tirados esperando nuestro regreso, regreso que no se produce nunca. A veces pienso que los perros son atropellados porque pensaron que era su dueño que volvía a buscarlos.

Cada domingo desde hace más de dos años vengo al refugio. He vivido el traslado desde Manises hasta aquí, he visto entrar y salir perros y gatos. He visto morir perros a los que yo quería y quiero (un besito Duque). También he vivido momentos muy especiales, como la adopción de Trasto, de Coco o de Sandokan. Todos eran casos difíciles, pero siempre hay esperanza. Siempre.

Sé que si mañana me llega la hora, mis domingos habrán sido lo que yo quiero que sean: días de trabajo, de risas con los compañeros, días llenos del cariño inmenso que te demuestran los refugiados (lametones, saltos, lloros para que los cojas al brazo,…).

Mis domingos me llenan el alma, me cansan el cuerpo, me elevan la moral, me hacen sonreír, a veces llorar. Me llenan de barro cuando llueve, de frío en invierno, de calor en verano.

Mis domingos me llenan la cabeza de imágenes que no se olvidan, de anécdotas graciosas, de historias tristes y a veces espeluznantes.

Desde hace dos años mi vida ha cambiado. Ahora trabajo en algo que me gusta, siento que lo que hago es importante, aunque hay gente que me diga que estoy loca por coger más trabajo del que ya tengo. Pero esto no lo cambio por nada. Pase lo que pase, aunque mañana me vea en una silla de ruedas, seguiré siendo voluntaria de la SPAG. Ya me haré una rampa de acceso a las celdas para poder pasar.

Desamparados Equiza Castell

23/04/2007