Duque:
Duque…que contaros de él. Cuando yo llegué al refugio por primera vez (Manises, nochebuena del año 2004) me impresionó que los perros eran felices, corrían contentos.
Entonces entré a limpiar una celda, la grande, la del rincón. Al principio no le vi, estaba oscuro, luego… me quedé mirando los ojos más bonitos que yo haya visto nunca, los de Duque.
Para quien no le hayáis conocido os diré que Duque era un cruce de podenco, rubio, pelo medio, guapísimo. Según me explicaron tenía un retraso mental. Yo le conocí ya mayor, enfermo de leishmania y casi sin pelo. Se pasaba los días en su celda, sin casi salir al patio. No lo pude evitar, pasó a ser mi preferido, aquel a quien yo iba a ver, el que me miraba pidiéndome con sus ojos de caramelo que le acariciara, diciéndome: ”venga, una caricia, no mires los pelados de mi cara, ese no soy yo, es la leishmania, yo estoy debajo”. Y allá que iba yo, a darle mimos, caricias, cariño.
Al cabo de pocas semanas empezó a salir más, venía a saludarme, a frotar su cabeza y todo su cuerpo en mis piernas. Lo veías andar, como a cámara lenta, con esa expresión típica de Forrest Gump (¿os acordáis de aquello de “tonto es el que hace tonterías”?, ¿y de “la vida es como una caja de bombones”?).
Llevaba en sus ojos al cachorro que un día fue.
En primavera le empezó a salir pelo otra vez, tuvo una mejoría en su enfermedad. Empezó a molestar a los demás perros (Duque era mucho Duque). Todos los voluntarios nos alegramos, me decían: “¿qué le has dado?”, todos sabían que era “mi Duque”.
En el nuevo refugio estrenó la celda nueva, tomó el sol de verano, nos vio trabajando en las mejoras. Lo que no llegó a ver es el nuevo año.
Duque, mi Duque, se fue cuando llegó el invierno, un lunes. El domingo es mi día de ir al refugio. Ese domingo estuve con él, lo acaricié… Incluso le reñí por meterse con algún otro perro, si es que no se daba cuenta de que le podían hacer mucho daño. ¿Cómo iba a saber yo que no le volvería a ver? Escribo estas líneas un año después de aquel día y mis ojos no pueden dejar de llorar.
Adiós Duque, mi Duque. ¡Los ojos más bonitos de todo el refugio! ¿Te acuerdas? Siempre te saludaba así al verte y tu te reías con aquella expresión tan tuya, tan de niño.
Aunque no conociste lo que era un hogar, si supiste bien lo que era el cariño. Y ni yo ni nadie que te haya conocido te olvidaremos nunca.
Allá donde estés, junto con los demás que ya se han ido, espero que te lleguen mis recuerdos, mis caricias y todo mi cariño.

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